La muerte como espectáculo
Sin mordazas August 19th, 2008
Para los primeros la muerte es algo que no se espera, se teme y por eso no se discute (a menos que sea para aclarar el asunto de la herencia) y se “batalla” hasta el final. Cuando ocurre, se ponen esquelas y sale la noticia si es alguien conocido. El velorio es un rito que debe asumirse en forma recogida, con despliegue de religiosidad y en capillas donde se reúnen familiares y amigos vestidos de negro, gris o blanco. Los entierros son en silencio, hablan algunos pocos familiares designados y no se escuchan gritos ni lamentos. Es de poco caché el que lo haga. Recientemente se están eliminando muchos aspectos del ritual al escogerse la cremación en lugar del entierro.
Ah, pero la muerte para los pobres es todo lo contrario, sobre todo para los jóvenes varones entre los 18 y los 24 años. Para ellos es lo próximo, lo que va a ser inevitable por la vida que llevan. La actitud hacia la muerte en el residencial es de resignación porque es lo más común. Saben que va a ser violenta y no le temen. Cuando ocurre, el rito envuelve ponerse camisetas con el retrato del muerto (siempre me llama la atención la rapidez con que las hacen). El muerto no puede irse sin que se le haga mucho ruido: con disparos, con música de salsa o reguetón y se da rienda suelta a los alaridos de dolor. No hay presencia de curas en los entierros de pobres. Al menos no los he visto. Creo que para los pobres sería insólito pensar en la cremación.
Ayer se introdujo un elemento adicional en el acercamiento de los pobres a la muerte. Por primera vez se convirtió en un verdadero espectáculo gracias al deseo final de un joven del residencial Juan César Cordero, que quiso que lo velaran de pie. Su asesinato a tiros el viernes pasado no hizo noticia, como no la hace la mayoría de estas muertes, pero el velorio acaparó la atención de todos los medios. El joven Pedrito Pantojas no había querido pasar desapercibido y cinco días antes de ser abaleado había ido a la Funeraria Marín para especificar como quería ser velado. Nada de estar acostado en un ataud. Una prima suya comentó que: “Logró lo que él quería. Está muerto, pero haciendo historia”.
La imagen es impresionante (tanto que no quise ponerla en este post). Pienso que ya Ana Lydia Vega y Edgardo Rodríguez Juliá deben estar escribiendo algo sobre el muerto que no quiso irse acostado. El problema para los escritores en este caso, como en muchos en Puerto Rico, es que la realidad supera la ficción. Miren parte de la descripción del periodista José A. Sánchez Fournier en El Nuevo Día a ver si no parece un cuento:
En el jardín interior del residencial, varios gallos bolos y gallinas ponedoras se paseaban con sus pollos. Toda la escena tenía algo del cuadro “El velorio”, de Francisco Oller, mezclado con “El ahogado más hermoso del mundo”, de Gabriel García Márquez.
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Ayer, Pedro tenía puestos espejuelos plateados Dolce & Gabbana, gorra de los Yankees color marrón combinada con su camisa, una enorme cadena plateada con una cruz y los dedos gordos de ambas manos metidos en los bolsillos delanteros de sus holgados mahones. Delante se encontraba un pequeño altar con flores, como para darle un espacio al “homenajeado”.
Dos abanicos blancos lo refrescaban en el húmedo y algo caluroso apartamento.
Afuera, la lluvia apretó, y los visitantes se apiñaron dentro del lugar.
Con la casa llena de sus seres queridos, Pedro permanecía con la frente en alto y los ojos cerrados, como echando una breve siesta de pie antes de acudir a su propio sepelio.
La secuela del espectáculo de esa muerte es que otros jóvenes del mismo residencial y otros aledaños ya han pedido a la misma funeraria que les preparen sus cadáveres montados en motoras o carros. Ángel Luis “Pedrito” Pantojas al parecer estableció una moda. Los pobres, como los árboles, querrán morir de pie.





















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