El oficio solitario y el té solidario
La tribu de los cafres July 25th, 2008
Tiempo tengo hasta para ver caer sobre mi taza de té una gota de miel del fondo de su recipiente.
(Es que adoro escribir en mi Moleskine).
China-mandarina, pepinillo-cigarrillo
La tribu de los cafres July 21st, 2008
Caminar en Suzhou es nadar en los vapores de un sauna.
Gracias a mis shorts las personas no dejan de mirar mis piernas velludas. Las miran y me imagino que se preguntarán: ¿acaso los occidentales son descendientes más cercanos de los simios? Me río y me paro a tomar una fotografía y mientras lo hago escucho el grito que tarde o temprano sabría que escucharía: "jelouu, jelouu". Así le llaman la atención a los turistas, a los occidentales, a esos que venimos con las patas pelúas. Es la bienvenida que recibimos los velludos al país de la gente lampiña.
A mí China me sabe a esas mandarinas que llevamos a la playa y dejamos en el bulto sobre la arena. Se calientan un poco con el sol, pero como quiera nos la comemos. Y aquí me la como suspirando: por qué no decidí estudiar mandarín en vez de francés y portugués.
Estoy en un Internet café cerca de la Universida de Suzhou. El calor del sauna sigue aquí adentro a pesar de los abanicos. Debe ser el calor que emiten las ciento y pico de computadoras que están aqui juntas o los ciento y pico de chinos que ni siquiera han mirado mi copiosa cantidad de vellos. Algunos gritan a través del chat y otros mantienen su mirada fija en la pantalla, con los dedos recorriendo el teclado con la maestría que solo logran los que se pasan tardes enteras sumergidos en los juegos de computadora.
Muchos de ellos fuman mientras juegan. Fuman y se paran para ver el status de sus amigos unas mesas más abajo. Las novias vienen a darle ánimos y a preguntarle cuando acabarán. No parece que se irán pronto. Yo me voy. Los cigarrillos me gustan mucho menos que los pepinillos crudos con salsa hoisin.
Gracias a mis shorts las personas no dejan de mirar mis piernas velludas. Las miran y me imagino que se preguntarán: ¿acaso los occidentales son descendientes más cercanos de los simios? Me río y me paro a tomar una fotografía y mientras lo hago escucho el grito que tarde o temprano sabría que escucharía: "jelouu, jelouu". Así le llaman la atención a los turistas, a los occidentales, a esos que venimos con las patas pelúas. Es la bienvenida que recibimos los velludos al país de la gente lampiña.
A mí China me sabe a esas mandarinas que llevamos a la playa y dejamos en el bulto sobre la arena. Se calientan un poco con el sol, pero como quiera nos la comemos. Y aquí me la como suspirando: por qué no decidí estudiar mandarín en vez de francés y portugués.
Estoy en un Internet café cerca de la Universida de Suzhou. El calor del sauna sigue aquí adentro a pesar de los abanicos. Debe ser el calor que emiten las ciento y pico de computadoras que están aqui juntas o los ciento y pico de chinos que ni siquiera han mirado mi copiosa cantidad de vellos. Algunos gritan a través del chat y otros mantienen su mirada fija en la pantalla, con los dedos recorriendo el teclado con la maestría que solo logran los que se pasan tardes enteras sumergidos en los juegos de computadora.
Muchos de ellos fuman mientras juegan. Fuman y se paran para ver el status de sus amigos unas mesas más abajo. Las novias vienen a darle ánimos y a preguntarle cuando acabarán. No parece que se irán pronto. Yo me voy. Los cigarrillos me gustan mucho menos que los pepinillos crudos con salsa hoisin.
Guaynabo City me roza (o el grupo de Facebook que nunca creé) - III
La tribu de los cafres July 17th, 2008
GCMR
El esposo le rogó a su esposa que por favor escuchara su versión, que todo era mentira, un gran malentendido de gente lengüilarga y de gargantas profundas, pero ya se encontraba fuera de la casa. Fuera. Familia. ¿Final?
No se dio por vencido. Es que en Guaynabo City, en donde todo tiene su debida traducción, también subsisten espacios para traducir la decepción en cafrería, pero de la bien intencionada. La buena intención del esposo fue valerse de un mensaje a plena vista de todos. Un mensaje pintado sobre un fondo amarillo en el lado externo del divisor del expreso Martínez Nadal que da justo a la salida de su otrora urbanización.
"A mi esposa:
No escuchaste la segunda verción. No te engañé. Te amo demasiado. Dame una oportunidad. Te ama, tu esposo."
Recuerdo que así leía el afiche, con todo y la 'c' en versión. Con esa 'c' del City Hall y del GCity Magazine.
Nada descarta, claro, que el esposo en su desesperación le haya escrito a ella en su Facebook wall (otro mensaje público por si el afiche amarillo a plena vista de todos sus vecinos –y demás visitantes inocuos– no cumpliera con su cometido) y le haya congestionado el buzón con e-mails cortos ("¿Fuiste tú?", "No cierres la puerta todavía" o "Te extraño tanto…") y largos (rememorando las calles de Praga que caminaron juntos o las vacaciones al desnudo en una playa desolada de la República). Tampoco lo eximo de que haya cambiado múltiples veces al día su estatus en Twitter o en el MSN gracias al Blackberry (marca que antes confundía con Burberry).
Guaynabo City me roza. Pero en estos días lo hace menos porque, luego de cuatro meses, cambiaron el afiche (sin dudas es una operación nocturna, clandestina y casi guerrillera la que estos pasquineros ejecutan). El cambio, me huele a mí, se habrá originado más bien por el deseo de informarle a todos sus fieles lectores, que su ardid sí rindió frutos y para recordarles a todos que nunca olviden decirle a su esposa lo mucho que la aman.
Al final de su nuevo mensaje nos reitera: "Yo se lo digo todos los días y soy el hombre más feliz del mundo. Te amo".
Pero, ¿verdaderamente se habrán reconciliado? Como espectador nunca sabré (esto es parecido a lo que ocurre cuando uno lee los mensajes del wall, los comentarios de las fotos, las mismas entradas de este blog nómada) pero yo quiero pensar que sí. Después de así es Guaynabo: Cafric (cafre+chic), Monumental y Risible.
El esposo le rogó a su esposa que por favor escuchara su versión, que todo era mentira, un gran malentendido de gente lengüilarga y de gargantas profundas, pero ya se encontraba fuera de la casa. Fuera. Familia. ¿Final?
No se dio por vencido. Es que en Guaynabo City, en donde todo tiene su debida traducción, también subsisten espacios para traducir la decepción en cafrería, pero de la bien intencionada. La buena intención del esposo fue valerse de un mensaje a plena vista de todos. Un mensaje pintado sobre un fondo amarillo en el lado externo del divisor del expreso Martínez Nadal que da justo a la salida de su otrora urbanización.
"A mi esposa:
No escuchaste la segunda verción. No te engañé. Te amo demasiado. Dame una oportunidad. Te ama, tu esposo."
Recuerdo que así leía el afiche, con todo y la 'c' en versión. Con esa 'c' del City Hall y del GCity Magazine.
Nada descarta, claro, que el esposo en su desesperación le haya escrito a ella en su Facebook wall (otro mensaje público por si el afiche amarillo a plena vista de todos sus vecinos –y demás visitantes inocuos– no cumpliera con su cometido) y le haya congestionado el buzón con e-mails cortos ("¿Fuiste tú?", "No cierres la puerta todavía" o "Te extraño tanto…") y largos (rememorando las calles de Praga que caminaron juntos o las vacaciones al desnudo en una playa desolada de la República). Tampoco lo eximo de que haya cambiado múltiples veces al día su estatus en Twitter o en el MSN gracias al Blackberry (marca que antes confundía con Burberry).
Guaynabo City me roza. Pero en estos días lo hace menos porque, luego de cuatro meses, cambiaron el afiche (sin dudas es una operación nocturna, clandestina y casi guerrillera la que estos pasquineros ejecutan). El cambio, me huele a mí, se habrá originado más bien por el deseo de informarle a todos sus fieles lectores, que su ardid sí rindió frutos y para recordarles a todos que nunca olviden decirle a su esposa lo mucho que la aman.
Al final de su nuevo mensaje nos reitera: "Yo se lo digo todos los días y soy el hombre más feliz del mundo. Te amo".
Pero, ¿verdaderamente se habrán reconciliado? Como espectador nunca sabré (esto es parecido a lo que ocurre cuando uno lee los mensajes del wall, los comentarios de las fotos, las mismas entradas de este blog nómada) pero yo quiero pensar que sí. Después de así es Guaynabo: Cafric (cafre+chic), Monumental y Risible.
Guaynabo City me roza (o el grupo de Facebook que nunca creé) - II
La tribu de los cafres July 15th, 2008
"No merece que le abra un grupo en Facebook", me digo mientras buscaba –y encontraba– el G-spot de GCity.
Guaynabo City me roza (o el grupo de Facebook que nunca creé)- I
La tribu de los cafres July 15th, 2008
Por la noche dicen que la estación Martínez Nadal es tierra de nadie.
Yo los corrijo y digo que a falta de auto propio es tierra mía y de nadie más.
Yo los corrijo y digo que a falta de auto propio es tierra mía y de nadie más.
Jefté Lacourt, invitado de La tribu
La tribu de los cafres July 6th, 2008
La vía
Dos ancianos se encuentran conduciendo por una calle donde los carros pasan rápido y no abundan los establecimientos. Se escucha una música tranquila, de viaje, y sus rostros se ven complacidos. De repente, el pasajero se exalta y empieza a mirar a su alrededor como si acabase de despertar de un sueño y grita: «¡Para!».
El conductor se asusta y se detiene abruptamente en el carril del paseo. El pasajero se baja del auto inmediatamente y el conductor hace lo mismo luego de apagar el motor.
Conductor: ¿Pero qué pasa?
Pasajero: Mano, ¿qué rayos estamos haciendo?
Conductor: Pues conduciendo, ¿no ves? Llevamos años haciéndolo.
Pasajero: Pero, ¿a dónde vamos?
Conductor: Pues a donde va todo el mundo, coño.
Pasajero (confundido): No, no, no, espérate… No mano, no pue… ¡¿qué va a pasar cuando lleguemos?!
Conductor: …Nnn, no me había puesto a pensar en eso…
Pasajero (temeroso): Joder, cabrón…
Conductor: Bueno, pero tampoco nos podemos quedar parados aquí, o sea.
Pasajero (sarcástico): ¿Ah sí? ¿Y qué sugieres?
Conductor: Pues seguir, ¿qué más?
Pasajero: No, no, no…cabrón, ¿no te das cuenta? ¡No sabemos qué nos va a pasar!
Conductor: ¡Nadie sabe qué va a pasar!
Pasajero: Pues no, ¡vamos a virar!
Conductor: ¡¿Quéeee?!
Pasajero: Vamos a virar.
Conductor: ¡Loco, no podemos virar!
Pasajero: Claro que sí, vamos, yo guío.
Conductor (burlón): Sí, Pepe.
Silencio. Los dos viejos pensativos parecían dos gotas de lluvia en el medio de una inmensidad atravesada por dos vías: un sin sentido que el sol pronto extinguiría.
Pasajero: Nada más míralos. Siguen por ahí pa’bajo sin detenerse a pensar qué carajo están haciendo.
Conductor: Bueno…en verdad, para serte honesto, yo tampoco. Pero qué felices éramos mientras lo ignorábamos.
Pasajero: Éramos, tú lo has dicho.
Conductor (luego de una pausa): ¿Y ahora qué hacemos?
Pasajero: Vamos a comer algo.
Conductor: De nada servirá, como quiera vamos a llegar.
Pasajero: ¡Coño, pero tenemos que comer! Lo que no sirve de nada es quedarse aquí. Vamos.
Conductor: Ok, ok, vamos.
Los viejos se detuvieron en una panadería cuyas paredes eran de cristal. El pasajero, mientras se comía un sándwich ve a una muchacha salir de la panadería y montarse en un carro.
Pasajero: Dios mío…qué linda esa nena.
Conductor: Ay, mijo, si a ti te gustan todas.
Pasajero (Ignorando el comentario y luego suspirando): Pensar que a esa edad uno anda con mapa…
Conductor: Dame una servilleta.
Pasajero (dándole una servilleta): Mano, si tuviera una foto de ella…y de este sándwich…y de nosotros y de esta panadería y de este momento… ¿tú sabes cuántos momentos nos hemos perdido?
Conductor: Diablo mano, en verdad estás empezando a darme pena. O sea, no lo cojas a mal, te entiendo, pero sólo acéptalo: vamos a llegar.
Pasajero: Si fuera por mí, me iría por el expreso.
Conductor: ¿Por qué?
Pasajero: Por ahí es que ella cogió, ¿no la viste?
Conductor: No. Pero por ahí vamos a llegar más rápido.
Pasajero (burlón): Bueno no afectará en nada, «como quiera vamos a llegar».
Conductor: ¡Vete al carajo!
Pasajero: Ya mismo nos vamos.
Jefté Lacourt (San Juan, 1983) adora el olor del papel de historieta y preferiría morir viendo una película. Nació en un día lluvioso de abril y a donde quiera que va lleva su abrigo verde.
Dos ancianos se encuentran conduciendo por una calle donde los carros pasan rápido y no abundan los establecimientos. Se escucha una música tranquila, de viaje, y sus rostros se ven complacidos. De repente, el pasajero se exalta y empieza a mirar a su alrededor como si acabase de despertar de un sueño y grita: «¡Para!».
El conductor se asusta y se detiene abruptamente en el carril del paseo. El pasajero se baja del auto inmediatamente y el conductor hace lo mismo luego de apagar el motor.
Conductor: ¿Pero qué pasa?
Pasajero: Mano, ¿qué rayos estamos haciendo?
Conductor: Pues conduciendo, ¿no ves? Llevamos años haciéndolo.
Pasajero: Pero, ¿a dónde vamos?
Conductor: Pues a donde va todo el mundo, coño.
Pasajero (confundido): No, no, no, espérate… No mano, no pue… ¡¿qué va a pasar cuando lleguemos?!
Conductor: …Nnn, no me había puesto a pensar en eso…
Pasajero (temeroso): Joder, cabrón…
Conductor: Bueno, pero tampoco nos podemos quedar parados aquí, o sea.
Pasajero (sarcástico): ¿Ah sí? ¿Y qué sugieres?
Conductor: Pues seguir, ¿qué más?
Pasajero: No, no, no…cabrón, ¿no te das cuenta? ¡No sabemos qué nos va a pasar!
Conductor: ¡Nadie sabe qué va a pasar!
Pasajero: Pues no, ¡vamos a virar!
Conductor: ¡¿Quéeee?!
Pasajero: Vamos a virar.
Conductor: ¡Loco, no podemos virar!
Pasajero: Claro que sí, vamos, yo guío.
Conductor (burlón): Sí, Pepe.
Silencio. Los dos viejos pensativos parecían dos gotas de lluvia en el medio de una inmensidad atravesada por dos vías: un sin sentido que el sol pronto extinguiría.
Pasajero: Nada más míralos. Siguen por ahí pa’bajo sin detenerse a pensar qué carajo están haciendo.
Conductor: Bueno…en verdad, para serte honesto, yo tampoco. Pero qué felices éramos mientras lo ignorábamos.
Pasajero: Éramos, tú lo has dicho.
Conductor (luego de una pausa): ¿Y ahora qué hacemos?
Pasajero: Vamos a comer algo.
Conductor: De nada servirá, como quiera vamos a llegar.
Pasajero: ¡Coño, pero tenemos que comer! Lo que no sirve de nada es quedarse aquí. Vamos.
Conductor: Ok, ok, vamos.
Los viejos se detuvieron en una panadería cuyas paredes eran de cristal. El pasajero, mientras se comía un sándwich ve a una muchacha salir de la panadería y montarse en un carro.
Pasajero: Dios mío…qué linda esa nena.
Conductor: Ay, mijo, si a ti te gustan todas.
Pasajero (Ignorando el comentario y luego suspirando): Pensar que a esa edad uno anda con mapa…
Conductor: Dame una servilleta.
Pasajero (dándole una servilleta): Mano, si tuviera una foto de ella…y de este sándwich…y de nosotros y de esta panadería y de este momento… ¿tú sabes cuántos momentos nos hemos perdido?
Conductor: Diablo mano, en verdad estás empezando a darme pena. O sea, no lo cojas a mal, te entiendo, pero sólo acéptalo: vamos a llegar.
Pasajero: Si fuera por mí, me iría por el expreso.
Conductor: ¿Por qué?
Pasajero: Por ahí es que ella cogió, ¿no la viste?
Conductor: No. Pero por ahí vamos a llegar más rápido.
Pasajero (burlón): Bueno no afectará en nada, «como quiera vamos a llegar».
Conductor: ¡Vete al carajo!
Pasajero: Ya mismo nos vamos.
Jefté Lacourt (San Juan, 1983) adora el olor del papel de historieta y preferiría morir viendo una película. Nació en un día lluvioso de abril y a donde quiera que va lleva su abrigo verde.
Los taponautas en la Poncepista - III
La tribu de los cafres June 30th, 2008
—Hay fuego debajo de mis alas. . .
—No sé por qué tienes que leer en el carro.
—El libro está genial, chica. Y lo leo en voz alta para que lo escuches.
—Más vale que cuando lleguemos lo dejes, no quiero que estés en la fiesta leyendo.
—Pero, ¿qué hay de malo en leer?
—Es que vas a agarrar un palo, vas a hablar un poquito y luego te irás a una esquina a leer.
—Yo nunca he hecho eso.
—Sí lo has hecho. Varios en la familia me lo han dicho varias veces. Es rudo.
—¿Te molesta a ti que lo haga?
—Lo haces demasiado.
—Está bien, dejaré el libro. . . pero mientras, sigo leyendo.
—¿Y con quién voy a hablar?
—Pues conmigo, dale, yo te leo.
—No me gusta la poesía.
—La poesía te da alas.
—La poesía me las quema.
Se quedó callado. Luego de varios minutos me miró y se echó a reír.
—¡Nena, pero si es algo que he hecho toda la vida!
—¡Pero no ves que lo que quiero es hablar contigo! Desde que salimos no dejas el libro ese quieto.
—Entonces, ¿qué? ¿Lo tiro por la ventana?
—Háblame. Cuéntame porque te gusta tanto el libro ese.
Sabía que no me lo iba a contar. Sabía que era el libro que su ex le había regalado, aunque nunca me lo hubiese dicho.
—Mejor te cuento cómo me voy a deshacer de él.
—¿En casa de los viejos?
—Sí, en casa de tus papis.
—¿Qué tal si le prendo fuego?
—Mejor déjalo en el librero del cuarto viejo.
—¿Cuánto falta para llegar?
—Tú sabes. . . como veinte minutos.
—Prefieres entonces que te hable a que te lea.
—Prefiero que me leas a mí, yo soy tu libro abierto.
—No puede ser, ¡odias a la poesía!
—Odio que lo hagas sabiendo que me molesta y cuando hay cosas mejores que hacer.
—¡¿Me odias?!
—¡¿Me quieres?!
—¡Vaya! Por una estupidez, ¿por la poesía?
—Por la poesía no, idiota. Por ti.
Y nos besamos como no lo habíamos hecho en todo el viaje.
—No sé por qué tienes que leer en el carro.
—El libro está genial, chica. Y lo leo en voz alta para que lo escuches.
—Más vale que cuando lleguemos lo dejes, no quiero que estés en la fiesta leyendo.
—Pero, ¿qué hay de malo en leer?
—Es que vas a agarrar un palo, vas a hablar un poquito y luego te irás a una esquina a leer.
—Yo nunca he hecho eso.
—Sí lo has hecho. Varios en la familia me lo han dicho varias veces. Es rudo.
—¿Te molesta a ti que lo haga?
—Lo haces demasiado.
—Está bien, dejaré el libro. . . pero mientras, sigo leyendo.
—¿Y con quién voy a hablar?
—Pues conmigo, dale, yo te leo.
—No me gusta la poesía.
—La poesía te da alas.
—La poesía me las quema.
Se quedó callado. Luego de varios minutos me miró y se echó a reír.
—¡Nena, pero si es algo que he hecho toda la vida!
—¡Pero no ves que lo que quiero es hablar contigo! Desde que salimos no dejas el libro ese quieto.
—Entonces, ¿qué? ¿Lo tiro por la ventana?
—Háblame. Cuéntame porque te gusta tanto el libro ese.
Sabía que no me lo iba a contar. Sabía que era el libro que su ex le había regalado, aunque nunca me lo hubiese dicho.
—Mejor te cuento cómo me voy a deshacer de él.
—¿En casa de los viejos?
—Sí, en casa de tus papis.
—¿Qué tal si le prendo fuego?
—Mejor déjalo en el librero del cuarto viejo.
—¿Cuánto falta para llegar?
—Tú sabes. . . como veinte minutos.
—Prefieres entonces que te hable a que te lea.
—Prefiero que me leas a mí, yo soy tu libro abierto.
—No puede ser, ¡odias a la poesía!
—Odio que lo hagas sabiendo que me molesta y cuando hay cosas mejores que hacer.
—¡¿Me odias?!
—¡¿Me quieres?!
—¡Vaya! Por una estupidez, ¿por la poesía?
—Por la poesía no, idiota. Por ti.
Y nos besamos como no lo habíamos hecho en todo el viaje.
Los taponautas en la Poncepista - II
La tribu de los cafres June 30th, 2008
—Te gustan las mujeres bajitas, ¿verdad?
—Sólo sé que me gustan las mujeres que me preguntan cómo me gustan las mujeres.
—Eres un cabrón.
—Y tú una mujer bajita que se cree alta.
Querube, que veníamos escuchándola desde que dejamos atrás a Yauco, finalizaba.
—¿Te molesta que fume?
—¿Te gusta que te bese?
Buscaba otra de Los Condes, pero dejé caer el iPod entre mis muslos cuando le indiqué que estábamos a punto de perder la salida.
Ante mi advertencia, ella acometió con diligencia el cambio abrupto de carriles.
—No contestaste mi pregunta.
—Ni tú la mía.
—Sólo sé que me gustan las mujeres que me preguntan cómo me gustan las mujeres.
—Eres un cabrón.
—Y tú una mujer bajita que se cree alta.
Querube, que veníamos escuchándola desde que dejamos atrás a Yauco, finalizaba.
—¿Te molesta que fume?
—¿Te gusta que te bese?
Buscaba otra de Los Condes, pero dejé caer el iPod entre mis muslos cuando le indiqué que estábamos a punto de perder la salida.
Ante mi advertencia, ella acometió con diligencia el cambio abrupto de carriles.
—No contestaste mi pregunta.
—Ni tú la mía.
Los taponautas en la Poncepista - I
La tribu de los cafres June 29th, 2008
-Todos los días se nos mueren neuronas.
No quise voltear a verla: en realidad sentía que algo se me moría. Tengo sed.
-Me salgo en la próxima. El desvío ha hecho esto insoportable y ya estoy cansada de tomar agua tibia.
Seguí sin mirarla. No alcanzaba a ver las divisiones de la carretera en todo su esplendor gris. Primero las letras negri-rojas de Ponce, luego el campo de golf y ahora, ¿esta autopista del sur?
-¿No tienes sed?
Si bien la sed me agujereaba la lengua y la garganta, en realidad no era lo apremiante. Estacionamos. El sur es un castigo durante los meses de verano. Sabía que se me moría algo más que las neuronas.
-¿Un refresco, un juguito? Dime qué quieres.
Continúo sin mirarla. Cuando finalmente sale ya sabe lo que quiero. Las once de la mañana se cuela adentro y ya empiezo a extrañar el aire acondicionado. La espera dentro de un carro siempre se vuelve ilógicamente larga. Regresa.
-No hay nadie comprando gasolina. Aquí tu cola...acá mi agua...
Algo se me muere. Es la luz de los meses de verano.
-...Y éstas, mis gafas. Deja verte...
Me saca del rostro sus gafas enormes. Me toca los ojos. Sabía que algo se me moría.
-No te preocupes, los recuerdos te ayudarán.
Aunque se me mueran neuronas todos los días.
[Nota aclaratoria: Ciertamente, en 1982 Carole Dunlop y Julio Cortázar hicieron el viaje París-Marsella en auto. No es un intento de plagio. Llamémosle homenaje. La pareja se mantuvo por más de un mes en las carreteras, creando una rutina de paradas en puestos de descanso, en parajes desolados para admirar las vistas y en habitaciones de los pueblitos y villas en donde les caía la noche. La tribu de los cafres cree que el equivalente de ese viaje en Puerto Rico es el de Bayamón-Ponce, sans las paradas en nuestros moteles (o en el Four Points de Willie). Próximamente (y antes de que La tribu se mueva a otros continentes) esperen otra miniserie titulada, Guaynabo City me roza (o el grupo de Facebook que nunca creé).]
No quise voltear a verla: en realidad sentía que algo se me moría. Tengo sed.
-Me salgo en la próxima. El desvío ha hecho esto insoportable y ya estoy cansada de tomar agua tibia.
Seguí sin mirarla. No alcanzaba a ver las divisiones de la carretera en todo su esplendor gris. Primero las letras negri-rojas de Ponce, luego el campo de golf y ahora, ¿esta autopista del sur?
-¿No tienes sed?
Si bien la sed me agujereaba la lengua y la garganta, en realidad no era lo apremiante. Estacionamos. El sur es un castigo durante los meses de verano. Sabía que se me moría algo más que las neuronas.
-¿Un refresco, un juguito? Dime qué quieres.
Continúo sin mirarla. Cuando finalmente sale ya sabe lo que quiero. Las once de la mañana se cuela adentro y ya empiezo a extrañar el aire acondicionado. La espera dentro de un carro siempre se vuelve ilógicamente larga. Regresa.
-No hay nadie comprando gasolina. Aquí tu cola...acá mi agua...
Algo se me muere. Es la luz de los meses de verano.
-...Y éstas, mis gafas. Deja verte...
Me saca del rostro sus gafas enormes. Me toca los ojos. Sabía que algo se me moría.
-No te preocupes, los recuerdos te ayudarán.
Aunque se me mueran neuronas todos los días.
[Nota aclaratoria: Ciertamente, en 1982 Carole Dunlop y Julio Cortázar hicieron el viaje París-Marsella en auto. No es un intento de plagio. Llamémosle homenaje. La pareja se mantuvo por más de un mes en las carreteras, creando una rutina de paradas en puestos de descanso, en parajes desolados para admirar las vistas y en habitaciones de los pueblitos y villas en donde les caía la noche. La tribu de los cafres cree que el equivalente de ese viaje en Puerto Rico es el de Bayamón-Ponce, sans las paradas en nuestros moteles (o en el Four Points de Willie). Próximamente (y antes de que La tribu se mueva a otros continentes) esperen otra miniserie titulada, Guaynabo City me roza (o el grupo de Facebook que nunca creé).]
El arte de amar
La tribu de los cafres June 28th, 2008
Este es un lápiz delgado, tan fino como tus dedos.
Escribo, entonces, tomándote de la mano.
Escribo, entonces, tomándote de la mano.


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